Mientras participaba como jefe de eléctrico para una filmación de mi escuela de cinematografía, me dí cuenta que una vez mas estaba en la ciudad de México sumergido en sus miles de matices. Un asilo de ancianos que estaba cerca de ser un locario, donde viejos esperaban abstraídos la visita que nunca llega, el paso del tiempo incrustado en un reloj que no mueve sus agujas y un cristo ensangrentado que cuelga en B&N en las paredes del asilo-hospital.

 

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